La mayoría de los paulistas conoce el Parque do Gato, una urbanización del barrio de Bom Retiro. Lo que pocos saben, sin embargo, es el oscuro origen de su nombre. Inaugurado en 2004, el complejo hace referencia a una época que marcó el centro de São Paulo en el siglo XX y que, sin embargo, hoy apenas se recuerda.
Todo empezó en los años 50, en la plaza Ramos de Azevedo, junto a la Fuente de los Deseos. En una época en que los derechos de los animales eran inexistentes, el lugar se convirtió en un vertedero de felinos, hasta el punto de que fue apodada «Praça dos Gatos» (Plaza de los Gatos).

Vale do Anhangabaú y la «superpoblación felina»
Si el abandono de animales es un problema hoy, ¿qué decir en 1950? Cada vez más vecinos arrojaban allí a los gatos «no deseados» y, en poco tiempo, la plaza Ramos de Azevedo rebosaba de felinos. Llegó a haber más de 300 gatos viviendo allí, y se reprodujeron exponencialmente.
Algunos voluntarios llevaban agua y comida para los gatos, pero no era suficiente para todos. Muchos murieron de hambre o enfermedad, o atropellados en el tráfico del valle de Anhangabaú. Hubo incluso una cacería de gatos en 1968, cuando los veteranos de la USP ordenaron a los novatos que capturaran a los animales durante una novatada.
El desorden era tal que, en 1980, el entonces alcalde Mário Covas decidió poner fin a la situación. El ayuntamiento trasladó a todos los animales a un terreno a orillas del río Tietê, en el barrio de Bom Retiro , y lo cedió a un voluntario que cuidaría de los animales. Así se creó el Parque do Gatos.

El tenebroso destino del Parque do Gato
Al principio, la idea parecía funcionar. Empleados y voluntarios del Parque do Gatos cuidaban de casi 800 animales, alimentándolos y tratando posibles enfermedades. Era un trabajo duro y costoso que no recibía ayuda financiera del gobierno: todo salía de los bolsillos de la gente.
Sin embargo, en 1993, la sociedad paulista se vio conmocionada por una noticia sorprendente: el Parque do Gatos se había convertido en un campo de exterminio, con cámaras de gas para matar animales enfermos y sanos. Se mataban hasta 10 gatos por minuto y luego se arrojaban en bolsas de basura al río Tietê. La policía investigó el caso, y parece que la matanza se hacía para reducir el coste de los animales.
A pesar del horror que causó en la sociedad de la época, la historia acabó cayendo en el olvido. El único recuerdo es la urbanización Parque do Gato, que lleva el nombre y ocupa el lugar donde vivieron -y murieron- cientos de gatos. Lo único que nos queda es alertarnos sobre el viejo problema del abandono en São Paulo y la necesidad de acoger a estos animales para que no sufran (aún más) a manos de personas malintencionadas.
